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Visitantes ilustres

Una de las constantes a lo largo de la historia de Hondarribia será la gran cantidad de personajes ilustres que la han visitado y prueba de ello son las numerosas casas del casco histórico que están marcadas por estos acontecimientos.

 

Juana de Castilla - "Juana la loca"

Después de una de las múltiples crisis con el vecino reino de Francia, hizo posible uno de los hitos que marcarán enormemento la historia de la villa: la visita de Felipe el Hermoso y Juana de Castila "la Loca".

Llegaron los esposos a Hondarribia después de atravesar toda Francia camino de Toledo, donde serían reconocidos por las Cortes como legítimos herederos de la Corona.

En una época en la que aquí las unidades militares no iban aún uniformadas, llamaron mucho la atención los 150 arqueros de Borgoña que componían la escolta de los archiduques. Todos vestidos iguales, llevando sus estandartes blancos con el aspa de San Andrés en color rojo. Cuatrocientos años después, aquel símbolo iba a convertirse en un elemento básico de la bandera de la ciudad.

 

Juana y Felipe

Palacio Egiluz

Jinete de San Andres

 

Carlos V

Hondarribia fue una plaza decisiva para los Reyes Católicos, pero cobrará mayor importancia durante el reinado de su nieto, el emperador Carlos V y muchas de las fortificaciones que hoy se pueden contemplar, son en esencia las que se levantaron durante su reinado.

Conforme aumentaba el poder de los reinos hispánicos la tensión con Francia crece. Y quien ahora ocupaba su trono era el emperador de Alemania, que, con sus posesiones en Italia, Austria y los Países Bajos, rodeaba Francia por todos lados.

Durante 30 años Europa asistirá a un duelo terrible entre los dos hombres más poderosos del continente.

La primera batalla la ganó el francés. El emperador -casi adolescente-, se hallaba fuera de la península y en plena revuelta de los comuneros, en un momento muy delicado para su reino. Le faltó tiempo a Francisco I para entenderse con el rey de Navarra, que llevaba años exiliado en Francia intentando recuperar su trono, arrebatado por Fernando el Católico una década antes.

Sin apenas resistencia, franceses y navarros entraron en Pamplona y tomaron posesión del viejo reino. A continuación -y con la misma facilidad- las tropas imperiales volvieron a recuperarlo. Perseverantes, los franco-navarros contraatacaron en la frontera, asediando Hondarribia hasta que cayó. Era el 18 de octubre de 1521, y esta vez la conquista sería duradera. Tres mil soldados, entre franceses y navarros, se hicieron fuertes en la plaza, haciendo ondear sobre el castillo la bandera roja, en nombre del rey de Navarra.

Durante más de dos años Hondarribia permaneció en su poder. La afrenta era sentida muy vivamente en toda la península, pues Europa entera sabía que el emperador había perdido Hondarribia: el primer bastión de su reino.

Carlos V se desvelaba por las noches pensando sólo en recuperarla. Gastó una fortuna en pagar a mercenarios alemanes, los famosos lansquenetes, que durante meses asediaron la villa. Y los últimos 4 días la sometió a un durísimo bombardeo, que dejó sus murallas y sus casas en ruinas.

Nada más recuperar la plaza, en 1524, el emperador se propuso con la mayor diligencia su fortificación. Si quería tener las manos libres para actuar en otros puntos de Europa debía cerrar bien la puerta de su reino.

Durante décadas, seguirá muy de cerca los avances de las obras, y llegó a venir en persona en 1539, para inspeccionar todo con detalle. Por muy costoso que fuera levantar muros y baluartes, siempre sería más económico que movilizar tropas profesionales en caso de perder de nuevo la plaza.

La segunda batalla contra el francés la ganó el emperador, gracias a un increíble golpe de fortuna. Y también en esta ocasión Hondarribia jugará un pequeño papel. Se combatía esta vez en Pavía, al Norte de Italia. Cuando la batalla parecía decantarse del lado francés, ocurrió un hecho insólito: en el fragor de la batalla tres soldados consiguieron hacer prisionero al mismísimo rey de Francia.

Francisco I fue llevado a Madrid y retenido en un castillo. Al cabo de un año, la irregular situación se prolongaba ya demasiado, y al final se decidió canjearlo por sus dos hijos mayores, de 7 y 8 años de edad. El intercambio se llevó a cabo en Hondarribia en 1526, de modo que el rey francés pasó a engrosar la lista de visitantes ilustres de la villa, donde fue recibido con gran deferencia por el alcalde y las autoridades.

El canje se celebró al día siguiente en mitad del río Bidasoa que separa ambos reinos. Las dos comitivas salieron desde su orilla respectiva, y remaron acompasadamente para llegar al mismo tiempo a la barca neutral, que esperaba en el centro. Allí, el rey se abrazó a sus hijos, y luego se separaron nuevamente intercambiando sus destinos.

Por su parte, los príncipes fueron recibidos en Hondarribia con igual deferencia que su padre, y luego partieron hacia Segovia como rehenes. Cuatro años después -casi adolescentes- volvieron a Hondarribia, para un nuevo canje -esta vez por varios arcones llenos de oro-, que se llevó a cabo por el mismo procedimiento.

Además de los periodos de guerra abierta, en la villa se vivían con frecuencia momentos de tensión ante una invasión inminente. El peligro podía ser fruto de un engaño calculado. A veces se amagaba un ataque por el Bidasoa para ocultar la verdadera intención de embestir en Cataluña, Italia o cualquier otro punto del tablero europeo.

Emperador Carlos V

Francisco I

 

Velázquez

Todas estas ceremonias trajeron hasta Hondarribia a un invitado de excepción: el genial pintor Diego Velázquez, que tenía el cargo de Aposentador Mayor del Rey. Parsimonioso, concienzudo y leal, Veláquez era uno de los hombres de mayor confianza de Felipe IV, y se ocupaba en esta ocasión de que todo estuviese a punto con la dignidad y el fasto que requería la ocasión: carruajes, cortinas, alfombras, decorados... Nada podía salir mal en un acontecimiento tan importante.

El viaje tendría para él consecuencias fatales. El trabajo y los 72 largos días de camino dejaron agotado al pintor. A su vuelta a Madrid cayó enfermo y al cabo de unos días murió. Tenía 61 años. Su esposa le acompañó a la tumba siete días después.

Velazquez

Tratado de los Pirineos