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Siglo XVII y el Sitio de 1638

A Carlos V le sucede su hijo Felipe II, en cuyo imperio –según se decía popularmente- nunca se ponía el sol. Tan grandes eran los dominios marítimos a cubrir que el Rey debía echar mano de la experiencia de las villas costeras, y muy especialmente de la costa vasca, cuyos marineros tenían fama en todo el mundo.

Especialmente a partir de 1574 Hondarribia recibe el encargo de contribuir con naves y levas de marineros, a la flota real, repitiéndose hasta 1588 para el desastre de la Armada Invencible. Fue tanto el esfuerzo que la villa tiene que reconocer que no puede más y en 1604, queda exenta del embargo de navíos y del reclutamiento de marineros para la guerra.

Por entonces, todo el Reino empezaba a dar señales de agotamiento. y desde el arranque del siglo XVII, los signos de decadencia serán cada vez más preocupantes visibles.

A las grandes figuras de Carlos V y Felipe II les suceden los llamados “austrias menores”, dominados por sus validos.

El conde-duque de Olivares, entonces valido del rey Felipe IV, embarca a España en una guerra desastrosa, llamada de los Treinta Años. La reino pendía de un hilo, pero todo parecía poco por defender la causa católica contra el avance protestante.

Conde Duque de Olivares

El Sitio

 

El sitio de 1638

En el contexto de la Guerra de los treinta años tendrá lugar el hecho de armas más famoso y memorable de la historia de la villa: el asedio de 1638, un suceso que adquirió proporciones míticas.

El 1 de julio de 1638, hallándose Hondarribia completamente desprevenida, un ejército francés de 18.000 hombres al mando del príncipe de Condé, le puso cerco, no sin antes de apoderarse de Irun, Oiarzun, Lezo, Rentería y Pasajes.

La población en ese momento, entre soldados del castillo y paisanos, ascendía a 700 hombres armados, que frente a los 18.000 se antojaban número insuficiente para su defensa. La Provincia aportó 77 vecinos de las villas cercanas, y unos días después, aprovechando la marea alta, consiguiron entrar otros 320. En total, unos 1.100 defensores debían hacer frente a un ejército muy superior y con abundante artillería.

Antes de que se cerrara el cerco, unas valerosas mujeres consiguieron llegar a escondidas hasta el santuario de Guadalupe, en la montaña, y traer la imagen de la Virgen a la parroquia de la villa. Ante ella la ciudad hizo voto de que si salía victoriosa siempre guardaría fiesta aquel día.

A finales de julio, a punto de cumplirse el primer mes de asedio, se leyó a los sitiados una carta del almirante de Castilla, informando de que estaba reuniendo un ejército numeroso que acudiría en su defensa. Los de la villa contestaron que se dieran prisa, pues andaban escasos de pólvora, munición y víveres, y no sabían el tiempo que podrían resistir. También se consiguió hacerles llegar una carta del rey Felipe IV, asegurando que estaba orgulloso de su valor, y prometiéndoles perpetuar su memoria y resarcirles de todos los daños.

Pasaban las semanas y la ayuda no llegaba. El 15 de agosto, día 46 del asedio y fiesta de la Asunción de la Virgen, el pueblo se reunió en la iglesia para intensificar los ruegos a su patrona. Como nada parecía cambiar, al cabo de unos días sacaron la imagen en procesión para que, viendo las ruinas de la villa, se moviera a compasión.

El 31 de agosto los franceses intentaron el asalto, utilizando escalas que los defensores repelieron lanzando pez ardiendo. En septiembre, la situación se hizo insostenible. Los muros habían caído, y el enemigo superaba el foso, los defensores eran pocos y se hallaban indefensos por falta de plomo.

Los franceses realizaron una oferta de rendición. El alcalde hizo acallar las voces que querían aceptarla: “el primero que averigüe que anda hablando de entregarnos, yo mismo lo he de coser a puñaladas”, les dijo. La respuesta oficial la dio el gobernador de la plaza diciéndoles que intentasen el asalto, que ellos no necesitaban de ayudas forasteras y que Hondarribia en sí misma tenía bastante para su defensa.

Nuevamente se repitieron los asaltos. Como sino había brazos suficientes para cerrar las brechas, una cuadrilla de muchachos, con escopetas y mosquetes, defendieron una de las paredes de la fortaleza, subidos sobre piedras, cuando no sobre cadáveres.

Por fin, el 7 de septiembre, día 69 del asedio, llegó el ejército de socorro al mando del almirante de Castilla. Los franceses abandonaron sus posiciones y en la huida muchos de ellos murieron tiroteados y ahogados.

El almirante de Castilla, en carta a su mujer, describía la batalla empleando estos sencillos términos, que se han hecho célebres:

"Amiga: como no sabes de guerra, te diré que el campo enemigo se dividió en cuatro partes: una huyó, otra matamos, otra prendimos, y la otra se ahogó. Quédate con Dios, que yo me voy a cenar a Fuenterrabía".

Al día siguiente el almirante paseó su vista por la ciudad en ruinas. Habían caído sobre ella 16.000 balas de cañón. Ninguna casa quedaba intacta, y muchas estaban hundidas. Los enfermos y heridos se hallaban tendidos en rincones y zaguanes. Sus rostros demacrados componían la estampa de la verdadera magnitud de la tragedia.

De los 1.100 hombres de armas, sólo quedaron 400. La falta de munición se hizo acuciante al final del asedio: se había consumido todo el hierro y el plomo de la villa, por lo que se echó mano del peltre que había en las casas, y se llegó a disparar con plata.

La noticia de la victoria fue celebrada con grandes fiestas en todo el reino. Se escribieron obras de teatro, romances y versos sobre el suceso. Una de ellas, compuesta por el mismísimo Calderón de la Barca, hablaba irónicamente de la paliza que habían dado al francés. La defensa de Hondarribia era comparada con las de Sagunto y Numancia, para construir un nuevo mito del que la decadente monarquía sentía urgente necesidad.

El rey había asegurado grandes recompensas. Su valido, el conde-duque, les prometió "más mercedes que las que podían imaginar". Pero se trataba sólo de un lenguaje retórico, pues la Corona se encontraba en bancarrota... Un año después las brechas seguían abiertas y la ciudad en ruinas. Lo único que estaba ya en su mano era conceder títulos. Por su heroica defensa, Hondarribia recibió el título de "Muy noble, muy leal y muy valerosa ciudad de Fuenterrabía".

El año siguiente, en el aniversario de la liberación, el alcalde recordó el voto hecho por la villa, y todos los vecinos subieron en solemne procesión al santuario de Guadalupe. Era el 8 de septiembre de 1639, y desde entonces hasta hoy sólo en contadas ocasiones ha dejado de celebrarse el Alarde.

 

Paz con Francia

20 años más tarde, en 1659, Hondarribia volvió a situarse en el centro de atención del continente. Después de siglo y medio de continuas guerras, España y Francia iban a firmar aquí la histórica Paz de los Pirineos, así llamada porque se fijó esta cordillera como línea divisoria entre ambos reinos. El gran acontecimiento marcará el cénit de la ciudad como plaza diplomática.

Las negociaciones se desarrollaron en un islote en medio del cauce del Bidasoa, en la llamada Isla de los Faisanes, o Isla de la Conferencia, de soberanía compartida. Los vecinos de Hondarribia se trasladaron hasta allí, en todo género de embarcaciones, para contemplar las impresionantes comitivas de aquellos grandes señores, con sus casacas bordadas, sus carrozas y sus pelucas empolvadas.

Hicieron falta 24 conferencias para limar todos los puntos de fricción pero después de tres meses de interminables reuniones, por fin se firma la Paz, cantandose un solemne Te Deum en la iglesia parroquial de Hondarribia.

Al año siguiente, 1660, el acuerdo fue sellado con una boda entre el rey de Francia, Luis XIV, llamado el rey Sol, y María Teresa de Austria, hija primogénita del rey de España Felipe IV. El enlace tuvo lugar el 6 de junio en Hondarribia en una extraña ceremonia.

Una gran multitud de personajes de la corte, caballeros, criados, damas con aparatosos vestidos, llenaban las estrechas calles de la ciudad. Llegaron también personajes notables de los territorios cercanos, y del reino de Francia. Sólo faltaba un detalle, pero muy importante: el novio. Y es que la boda se celebró "por poderes". Luis XIV esperaba en San Juan de Luz, donde unos días después debía ratificarse el compromiso con una nueva ceremonia. Todo ello, como se ve, muy propio del gusto barroco, con su gran afición por lo rebuscado, sofisticado y complejo.

Al día siguiente, Felipe IV tenía una entrevista con su hermana, la reina madre de Francia, a la que no veía desde hacía 25 años. Embarcó en Hondarribia en una preciosa góndola, acompañado de su hija, y se dirigió a la Isla de los Faisanes, donde transcurriría el encuentro.

Mientras tanto, Luis XIV, con la fogosidad de sus 20 años ardía en deseos de conocer a su esposa. Ni corto ni perezoso, montó a caballo en San Juan de Luz, cabalgó 18 kilómetros y se presentó en la isla, donde pudo contemplarla disimuladamente, escondido tras otra persona. Ella, al descubrirlo, se puso muy encendida.

Acabada la entrevista, cuando la comitiva regresaba nuevamente por el río, el monarca francés -montado en su brioso caballo- la siguió río abajo, acompañándola por la orilla. En un momento se detuvo para contemplar con calma a su esposa, haciéndole a su paso un majestuoso saludo, al que contesto Felipe IV con su sombrero... y María

El sitio de Hondarribia

El Alarde